Fisura en la crisálida

Ese día se levantó con el peso del mundo encima. Sentía no valer para nada, sentía estorbar, sentía que, a donde fuera, sería mejor no ir. Sentía muchas cosas, y todas ellas no eran más que sus propios demonios internos realizando la permitida labor de aminorar su ánimo. 

- No valgo para nada ¡Con lo que yo era! ¿Qué me ha pasado? 

Siempre había sido impulsiva, sin pensarse mucho las cosas, manifestando las órdenes directas de su corazón cuando razón no se lo impedía. En su último gran impulso había conseguido echar de su vida por fin a su actual expareja, Alex. Había dejado que esa persona fuera, como ella misma decía, su vida entera. Lo que no pensó es que al irse su todo, ella se quedaría en nada. Intentaba reconectar consigo misma, pero no se encontraba 

- ¿Dónde estoy? Sé que físicamente estoy aquí mismo, pero solo soy yo sin mí. Quizás solo sean mis restos y yo ya no esté, quizás no esté mirando bien, quizás todo se arregle, quizás deba dejar las cosas fluir, quizás...- Veía un cuerpo completamente vacío, ni siquiera pensaba, solo sentía el dolor y la ansiedad de la opaca negrura que en ese momento la arropaba. No comprendía el por qué exacto, solo lo sentía así, como un inmenso vacío.

- ¿Dónde estoy?- Se repetía una y otra vez. - Donde estoy...

Cuando consideró que ya había deambulado por las calles lo suficiente, decidió ir a buscar la vieja caravana que se había convertido en su actual hogar. Alex se lo había quedado todo, era la parte trabajadora de la pareja y ella, tan solo, la que se ocupaba de que el hogar estuviera perfecto a su llegada. Le habían dejado otra vez en el parabrisas la maldita publicidad sobre el poder de la mente. 

- Menuda tontería, el poder de la mente, como si con pensar positivo la vida fuera a ser positiva, que fácil lo ven esos hippies sin problemas reales.

Se metió en la cama agotada tras una larga caminata enviando curriculums, mientras en su cabeza rebotaba la gran mentira del 'ya te llamaremos' o la gran pregunta de '¿esta es toda tu vida laboral, no has hecho nada más?'. Estaba harta de la dependencia que había mantenido durante toda su vida, primero con sus padres y luego con Alex, nunca de ella misma, la única que, a fin de cuentas, estaría con ella toda la vida; ella.

Después de un rato de pensamientos autodestructivos y autocríticas cargadas de veneno, llegó a la conclusión de que no se encontraba porque aún no se había construido.

- Sí eso es, todavía no he sido yo, ¡eso es lo que me falta!

Siempre se había dedicado a complacer al de al lado tratando de no molestar mucho, pero las cosas iban a cambiar a partir de ahora. Se prohibía estar con nadie hasta que no consiguiera estar consigo misma. Se sorprendió gratamente ante la aparición de un pensamiento positivo, estaba tan acostumbrada a infravalorarse que la sola idea de sentir una alabanza llegaba incluso a incomodarla. 

- ¿Qué están haciendo mis labios? ¿Porque se estiran intentando llevar las comisuras hasta las orejas? - Sonreía. 

 Le encantaba y aterraba a partes iguales la idea de conocerse a sí misma, pero sentía verdadera expectación acerca de que lo que descubriría. Aquella noche durmió tan plácidamente como hacía demasiado tiempo que no dormía, disfrutando de la reciente chispa que acababa de emergerle en su mente.

Despertó renovada, todo parecía seguir igual en su vieja caravana pero había algo en el ambiente que hacía a su vez que todo pareciese distinto. Miró entre su ropa y vio el rojo vestido ajustado de terciopelo que se había comprado en uno de sus impulsos pero que nunca se atrevió a ponerse. Ese día no dedicó ni un instante a dudarlo. Lo sacó de la percha, arrancó la etiqueta y subió la cremallera de su costado ajustando la suave tela a su definida cintura. Estaba estupenda y, aun más importante, se sentía estupenda. Por fin pudo darse cuenta de lo bien que sentaba salir de las deprimentes emociones que ella misma se imponía.

Salió de la caravana, ese día no le molestó si quiera el papel publicitario del parabrisas sobre el poder de la mente. Se sentía una nueva persona, como si fuera capaz de todo lo que se propusiera de un día para otro, era algo increíble.

- ¿Qué me pasa hoy? ¿Será que estoy tan vacía que tengo capacidad para todo?

 No le dio más vueltas, se dedicó a disfrutar ese estado de ánimo sin buscarle más razonamiento, pensaba que si se empeñaba en tratar de buscarle explicación terminaría con ello y no estaba dispuesta, le encantaba el poderío sobre si misma que experimentaba y no iba a destrozarlo tan fácilmente. 

Siguió con su relajado paseo, seguía habiendo algo en el ambiente que no le cuadraba, pero no conseguía dar con ello. Se sentó en un banco del parque a observar a la gente tranquilamente el trascurso de la mañana. De pronto, un alegre señor se paró delante de ella 

- Perdona joven ¿serías tan amable de decirme la hora que es, por favor?

Ella le contestó con una amplia sonrisa.

- Claro señor, son las diez y media de la mañana.

 El anciano puso cara de preocupación, -Ay madre mía, ya llegó tarde otra vez, gracias muchacha- y de un ligero salto salió volando de allí. Literalmente volando. 

Ella se quedó boquiabierta mirando al cielo, lo que acababa de ver era algo completamente imposible. Miró alrededor para comprobar si alguien más lo habría visto. La gente se mantenía impasible, paseaban ajenos y sonrientes, inmersos en sus propias felicidades. No le cuadraba aquello en la cabeza, estaba segura de que lo habían visto y no habían mostrado ni un atisbo de sorpresa.

- Me estaré volviendo loca, esa es la respuesta, por eso me he puesto el vestido rojo, por eso estoy tan feliz y por eso siento que valgo, porque me he vuelto completamente majareta. ¡Pero si hasta tengo alucinaciones!

No tardó mucho tiempo en volver a descender en un espiral de autocriticas. Interrumpió su torbellino de negatividad cuando vio una niña jugando al fútbol a la que se le había metido la pelota debajo del coche y no conseguía sacarla. Se levantó para intentar ayudarla cuando, de pronto, la dulce niña levantó el coche con la misma ligereza con la que levantaría una rama en el campo y volvió a dejarlo con la suavidad propia del mejor ladrón de guante blanco, no sin antes habiendo recuperado su pelota, por supuesto. Volvió a abrir los ojos y la boca incrédula. No fue capaz de pensar en nada por primera vez desde que había despertado, no entendía lo que pasaba. Hizo un lento análisis a su entorno con la mirada, en busca de más locuras o alucinaciones del estilo. Todo lucía disfrazado de normalidad.

Siguió paseando por el extenso parque y de pronto lo vio, un niño jugando y saltando cuando, en un despiste, un mal salto le hizo caer sobre su pierna de una forma que esta se dobló por la rodilla completamente hacia delante, haciendo que la punta del pie tocara con el ombligo, una imagen que ya de por sí causaba dolor con solo verla. Fue corriendo a su encuentro para intentar socorrerlo.

- ¡Ay Dios mío, hay que llamar a una ambulancia! ¡Y rápido! - El niño la miraba desde el suelo extrañado. 

- ¿Es que te acabas de despertar?- le preguntó mientras se colocaba la pierna en su lugar natural y se retiraba tranquilo con las manos el barro seco de los pantalones poniéndose en pie de nuevo. 

A ella ya no le cabía ya más asombro en sí.

- Por favor muchacho, necesito que me expliques lo que está pasando aquí porque no entiendo nada, creo que mi locura me llevara a saltar por el puente de un momento a otro - contaba abatida al cuello de su camisa. 

-¿Cómo te llamas?- preguntó el chico con un tono calmado. 

Ella no supo que responder. No se sorprendió esta vez al ver que no se sabía ni su nombre. Siempre había sido llamada como 'la hija de', 'la novia de' o 'la amiga de', pero nunca por su propio nombre. 

-No sé mi nombre... Supongo que puedes llamarme la ex de Alex ahora.

 Poco a poco iba perdiendo el optimismo con el que había empezado el día.

- Eso no puede ser, una persona no puede ser de otra. Pues va a ser verdad eso de que estás loca - le sonría el joven. - Creo que ya sé porque estás aquí, necesitas quererte, ¿no es así? Para empezar te vas a poner un nombre, el mío es Akanni, ¿y el tuyo?

Sopesó su respuesta durante unos segundos.

- Noa, me gusta Noa - repetía cada vez más convencida - ¡Mi nombre es Noa! - gritaba dando un salto de vuelta a su alegre optimismo.

- Muy bien Noa, donde estamos ahora mismo puedes hacer lo que quieras, lo único que necesitas es convencerte de que eres verdaderamente capaz de hacerlo.

Noa le escuchaba muy atenta.

- Lo que yo quiera... ¿Y qué es lo que yo quiero?

 Akanni la miraba consternado.

- Solo tú tienes la respuesta Noa, aquí nadie va a decidir por ti. Aun tienes la opción de volver al mundo del que vienes, solo tienes que irte a dormir con la autoestima por los suelos y convencida de que no vales para nada. Espero que elijas bien lo que hacer.

No tardaron en aparecer sus amigos reclamándole a lo lejos para que volviera al juego con el que estaban.

- Me tengo que ir Noa, ¡mucha fuerza! - y el mismo niño que momentos antes se había destrozado la pierna salía corriendo sonriente de vuelta con sus amigos.

Se fue del parque caminando lentamente hacía la caravana.

- ¿Por qué me habrá deseado fuerza en lugar de suerte?- no paraba de dar vueltas en su cabeza. - Creo que tiene razón, la suerte es algo relativa, no puedes contar con ello. La fuerza en cambio es mía. De mí y para mí. 

Con esa nueva idea, decidió confiar en Akanni y quiso comprobar de que sería capaz. Cuando le había visto saltando, se había acordado de que cuando era una niña a ella le encantaba hacer lo mismo, saltar obstáculos, una ironía que debería haber mantenido durante su vida.

Se subió a un contenedor que había en el callejón e intentó desde ahí llegar a lo alto del muro que tenía cerca. 

Tres, dos, uno y saltó hacía él. 

Un segundo después se golpeó contra este en la cara haciéndole una pequeña herida en su frente. 

- ¿A quién pretendo engañar? Ya sabía que no sería capaz...- Mientras se compadecía de sí misma la voz de Akanni sonaba en su cabeza. - puedes hacer lo que quieras, lo único que necesitas es convencerte de que eres verdaderamente capaz de hacerlo.

Se cargó de una seguridad que ni si quiera era consciente de poseer y volvió a subirse al contenedor, esta vez convencida de que lo conseguiría. Agachó su cuerpo para coger impulso.

 Uno, dos, tres, ¡Salto! 

Esta vez se vio encima del muro, llena de adrenalina y eufórica. 

- Puedo con todo, como he sido tan tonta, ¡claro que puedo llevar a cabo lo que yo quiera! 

Con la misma agilidad fue saltando por los tejados de los edificios cada vez más convencida de sí misma, más fuerte en cada salto y más feliz en cada tejado.

Llegó a la caravana al fin, ahí seguía el papel publicitario en el limpiaparabrisas. Lo recogió con cuidado, pero esta vez no lo tiró enfadada a la basura como de costumbre, se lo llevo consigo dentro y se quedó tumbada en la cama observándolo.

- Parece que van a tener razón con eso del poder de la mente.

Apoyó el folleto en la mesita mientras intentaba tomar la decisión de si quedarse donde estaba o volver al mundo real de antes, con sus padres, sus amigos, Alex...

- Solo necesito acostarme como lo he hecho todos los días hasta hoy, moderándome a la hora de quererme, y así volveré a ver a todos. 

Se paró delante del espejo, se veía incluso más espectacular que a la mañana vestida con la aterciopelada tela roja. Desabrochó la cremallera del costado, muy lentamente, y dejó caer el vestido al suelo. Mirándose todo su cuerpo frente al espejo pensaba: 

- ¿Cómo ha podido alguien menospreciar a la pedazo mujer que tengo desnuda delante de mí? Empezando por mí la primera

Se quería, sonreía y se quería. Rezumaba amor propio, lo sintió fluir dentro como si de la presa de un embalse rebosante de agua se tratara. Lo había abierto y ya no había quien lo cerrara, la autoestima de la que se llenaba le fue arrancando todo añico de menosprecio que pudiera quedarle dentro. Volvió a la cama con una decisión tomada.

- No voy a volver, aquella 'mujer de' se ha esfumado, ahora yo soy, Noa, la que manda en mí. 

Y con su nueva idea incrustada en su reformada mente se fue a dormir maquillada con una amplia sonrisa, también nueva, también indestructible.