Mi bar

Paseo por la calle repleta de restaurantes. 

Algunos me invitan a entrar, 

muchos son ajenos a mi presencia, 

algunos insisten con más fuerza 

y otros directamente me prohíben pasar.

Yo solo paseo, ya entraré en alguno. No sé cuándo, aun ni lo he intentado. 

Igual no me gustan, igual no les gusto a ellos. 

Quizás debería intentar entrar, o quizás mejor espero al siguiente que me dé la bienvenida, a ver qué tal.

Empiezo a tener hambre. 

Veo gente disfrutando del menú, 

como también los hay armando espectáculo o yendo solo a molestar.

Mi tripa ruge, en alguno tengo que entrar. 

Decido que en el siguiente y ya, pero no, no puedo entrar así sin más. 

Primero tengo que mirar.

No, no me gusta. 

Veré en el siguiente, seguro que no esta tan mal.

Parece oscuro. Atravieso la puerta sin pensar.

Lo confirmo, está lleno de oscuridad.

Busco camareros, pero no parecen estar. 

Busco cocineros, pero me da que no voy a encontrar. 

Inspecciono con cautela el lugar, me está gustando mucho, y eso si que no lo sé gestionar.

Encuentro un interruptor, lo activo. 

Parece que no pasa nada. 

A los pocos segundos, una desconfiada luz decide alumbrar y por fin conozco el bar.

No es demasiado grande, pero a mí me resulta ideal; con un cómodo sillón anclado al fondo, y unas sillas de poner y quitar.

Y sonrío. Por fin he encontrado mi sitio.

Unas llaves que cuelgan en la pared me invitan a poseerlo a mi merced.

Frescos ingredientes en la nevera me permiten cocinar,

preparándome yo para mi, mi propio manjar.

Busco el letrero para poner nombre al lugar.

Apoyado en la barra lo veo y me acerco a leerlo.

Y sonrío de nuevo, sabía yo que aquello era bueno

Lo coloco sobre la puerta, para que lo vean con claridad

la gente que como yo, se dedica a pasear.

Y lo leo acomodándome en mi sofá:

'Bar Soledad, ya veré yo si puedes entrar'