Sofía

Sofía no necesitaba estudiar, ella sabía que se iba a ganar la vida como influencer en el mundo de la moda. Tenía diecisiete años y un cuerpo espectacular, con su smartphone de última generación sabía que tendría un futuro asegurado. Las tiendas le regalaban la ropa solo con que subiera una foto con ella puesta a cambio, nada más. En una mes podía renovar el armario al completo fácilmente pero, tenía un problema; vivía en un pueblo muy pequeño y, tan antiguo, que hasta hacía un año se valían sin electricidad. Hasta que no cumpliera la mayoría de edad no iba a poder irse a vivir a la ciudad donde en todas las esquinas tenía cobertura.

Su familia no entendía que estuviera todo el día con el teléfono, ellos intentaban enseñarle el trabajo de campo y que la comida no llegaba sola al supermercado pero a ella parecía no importarle, se sacaba una foto subida al tractor y enseguida volvía a la casa para poder subirla en las redes, todos los días igual. Su hermano Héctor era todo lo contrario, a él le encantaba estar en contacto con el campo y la tierra. Tan solo tenía un par de años más que ella y no tenía teléfono. Tuvo uno una vez, pero en un intento de colgar una llamada acabo tirando el móvil al río, desde entonces supo que no necesitaba un trasto de esos.

Las diferencias entre esos dos hermanos eran abismales, todos culpaban a que en primero de la ESO Sofía se hubiera quedado sin plaza en el colegio local y eso la había obligado a ir a cursar el primer año de instituto a la ciudad. Desde entonces no había querido irse de allí, había hecho amigas y por fin sentía que encajaba. Nunca le había gustado el campo, sabía que ella era de ciudad desde que puso un pie en ella. Era algo asumido, la familia no sentía decepción ni nada que se le pareciera, ellos solo esperaban a que un día levantara la vista de la pantalla y viera todo el precioso mundo real que se estaba perdiendo antes de que fuera. Eso no cambiaba el hecho de que era su hija, y la iban a querer y apoyar en todas las decisiones que tomara, hasta en las que consideraban erróneas. Ella les prometía que con su fama iba a sacar a la familia de pobre, los padres le repetían que ellos no eran pobres, eran muy ricos aunque les faltara dinero. Sofía nunca entendía esa frase ¿Cómo podían pensar su familia que eran ricos si no tenían ni un duro? La familia veía riqueza en poder dormir con la puerta abierta sin tener cinco cerrojos, en poder juntarse todos a cenar y comer todos los días los frutos que ellos mismos habían plantado y cosechado, en que cuando llegaba la noche y miraban al cielo veían millones de estrellas que les arropaban y cuidaban hasta que el vago sol se empezaba a levantar por el oeste, esa era la autentica riqueza que no tenía nada que ver con el dinero y que, por desgracia, Sofía no entendía.

Aunque sus padres la apoyaran, su hermano Héctor siempre la estaba incordiando y haciendo jugarretas, solía encontrarse su ropa nueva llena de barro o la despeinaba cuando se iba a tomar una selfie para subirla al Snapchat, Instagram, Facebook o a cualquier de sus múltiples perfiles de internet. Tenía la mala suerte de compartir talla con él, por lo que Héctor no perdía oportunidad de molestar probándose su ropa o llevándosela a realizar las labores de campo que más ensuciaran.

  • ¿Qué más te da si te van a regalar otra echando hostias? - le repetía cada vez que su hermana le gritaba enfurecida.

No lo aguantaba más, necesitaba irse del pueblo lo antes posible. Se había convencido de que había nacido en el lugar equivocado, estaba segura de que había alguien en la ciudad deseando vivir en el pueblo, estaba intercambiada. Aunque era cuestión de segundos lo que tardaba en desechar aquella idea ¿Quién sería tan idiota de venirse aquí teniendo todas las maravillas de la ciudad?

Estaba que no cabía en sí de alegría. Esa semana había conseguido contactar con una nueva tienda de ropa de una importante marca americana que habían abierto en la avenida principal. Había realizado una entrevista para ser la imagen única de la tienda y le habían prometido una muy buena remuneración a cambio. Una remuneración, tan buena, que por fin iba a poder cumplir su sueño de vivir en la ciudad. Y, por si era poco, no podían haber elegido mejor fecha, era solo un mes el que le separaba de cumplir la mayoría de edad y ser libre. Se acostó con una amplia sonrisa en la cara para así terminar el día y reducir el tiempo de espera hasta la ansiada entrevista.

#hashtag #ruralvsurbano #tecnologiaesfuturo

El puesto era suyo. Ya estaba todo listo para empezar a trabajar como modelo, su sueño hecho realidad, todavía no se lo podía creer. Se despertó por sí sola, para su sorpresa no le había sonado la alarma. Como cada mañana, lo primero que hizo fue mirar en el móvil las notificaciones de sus redes sociales.

  • Un momento ¿qué es eso que hay en el móvil? ¡Pero sin son teclas!

Fue directa a donde Héctor, seguro que había sido cosa suya. Empezó a dudar al verle tan desconcertado. Su hermano no ocultaba sus travesuras, presumía de ellas, no le encajaba que hubiera sido él. Se asomó a la ventana para mirar a ver si veía a alguien en el pueblo con su smartphone táctil pero nada. Tampoco era de extrañar, aquellos pueblerinos no usaban de esas cosas. No pudo hacer más que aguantarse. No entendía que estaba pasando ni porque la única app que tenía en el teléfono era un juego llamado 'Snake II', pero no le daba tiempo a pensar, iba a perder el bus al colegio.

Sacó varias veces el teléfono de el camino, un gesto inconsciente, incrustado en la costumbre, pero siempre volvía a guardarlo enfurecida a falta de su dosis de notificaciones. En cuanto entró a la ciudad vio que algo no marchaba bien. La gente estaba asustada y pérdida golpeando móviles como el suyo con la mano intentando que se convirtieran en otra cosa. Se bajó en la estación de autobuses y enseguida le interceptaron unos turistas que le preguntaron si sabía cómo podían ir al centro. Les contó que no conseguían entrar al navegador porque ahora sus smartphones se habían convertido en piedras con teclas. Sofía saco el suyo también, mostrándoles que le había pasado exactamente lo mismo. Enseguida se unió a la conversación el conductor del autobús sacando el suyo del bolsillo.

  • Al mío le ha pasado lo mismo, parece que todos los móviles se han convertido en Nokias 3310, esto va a traer muchos problemas...

Sofía quedo perpleja, solo había visto ese móvil en los memes de Instagram, no sabía que siguieran existiendo sí quiera. Se temía lo peor, como va a enterarse de las últimas tendencias ahora, como iba a comunicarse con la gente, como iba a ir a los sitios que no supiera, ¡hasta los ratos en el baño serían distintos sin móvil! Comenzaba la desintoxicación...

Llegó al colegio y todos sus compañeros estaban histéricos. A la hora del patio nadie sabía qué hacer, estaba todos sentados mirando a la nada, pensando en que iban a hacer pero sin llegar a hacer nada. No fue capaz ni de mantener una conversación con su mejor amiga. En ese momento se dio cuenta que solo compartían opiniones de las publicaciones, no habían mantenido una conversación sobre sus gustos o aficiones. No sabía nada de ella. Directamente ni ella misma sabía cuáles eran sus propios hobbies. En ese momento sintió su cabeza despertar y empezó a plantearse cosas. Decidió faltar el resto de la mañana a clase, tenía que ir a la tienda de ropa para haber como lo arreglarían y si seguía en pie aquello.

Paseó por la avenida viendo como afectaba la desaparición de los smartphones, turistas paseando con grandes mapas en papel frustrados y gritando insultos en sus idiomas natales, parejas tomando el aperitivo mientras compartían silencios incómodos, gente más mayor comprando periódicos y revistas para pasar el tiempo, jóvenes tirando el teléfono con todas sus fuerzas al suelo y asombrándose de su fuerte estructura... En un segundo pasó de ver lo que creía su futuro hogar a verlo como una caótica ciudad donde las relaciones sociales se forjaban a través de likes y comentarios.

  • Estamos enfermos y no nos habíamos ni enterado - pensó de pronto - mi familia tenía razón...

Llegó a la tienda. Miró con lástima los locales de las grandes compañías telefónicas que colindaban con ella, como lucían cerradas con multitudes de gente furiosa atrincherándose a sus puertas. Sintió mucho miedo. Comenzó a dudar si de verdad irse a vivir allí era lo que quería. Pese a la fiebre tecnológica que se sufría a escala social, llevaba unos valores rurales de familia que le hacían ver que no se acaba el mundo por qué no pudiera compartir sus fotografías con gente que ni siquiera conocía. Se quedo frente a la tienda y decidió darse la vuelta. No. Quería aspirar a más. Sabía que podía hacer algo que le produjera mayor satisfacción que vender su imagen. Escapó de todo aquel caos que habitaba en las calles del centro y se fue en el autobús hacía el pueblo.

Cuando llegó vio la calma en todos los familiares y vecinos siguiendo con sus vidas, ajenos a la locura urbana que estaban viviendo a unos kilómetros de allí. Los niños y niñas jugando con los balones en la plaza, jóvenes bañándose en el río, gente mayor conversando en el banco y riendo abiertamente mientras jugaban a las cartas...

Vio a su madre que tendía la ropa a la puerta de casa

  • Hola cariño ¿qué tal te ha ido el día?

Sofía la abrazó con lágrimas en los ojos, no se había enterado de nada.

#mequedoenelpueblo #laciudadasusta #Nokia3310

Volvió a sonar el despertador, compró que su smartphone seguía en la mesita, y sus numerosas notificaciones seguían en aumento. Todo había sido un sueño. Recapacitó unos minutos tendida al borde de la cama. Finalmente optó por apagar el móvil y guardarlo en el cajón. ¿Y si hubiera sido verdad? Abrió la ventana y vio el sol brillar al final del campo. Inspiró hondo el aire limpio y sonrió.

  • Mi familia tenía razón, como siempre. Somos sumamente ricos y no me había dado ni cuenta.

Se quedó mirando el asombroso paisaje como si fuera nuevo, aunque siempre estuvo allí, solo necesitaba levantar la vista del móvil para verlo. Limpió el armario de la ropa más extravagante que tenía y se colocó el chándal. Bajo donde vio a sus padres en la granja ordeñando las vacas y limpiando excrementos.

  • ¿Os puedo ayudar?

Los dos intercambiaron una mirada compuesta de asombro e inmensa alegría.

  • Por supuesto que si mi niña, por supuesto que sí.